La reinterpretación en clave molecular de la salud y la enfermedad, de lo normal y lo patológico, constituye uno de los pilares de la ciencia médica actual. El conocimiento, cada vez más íntimo de lo que somos, cómo funcionamos y enfermamos nos acerca de forma imparable a una interpretación de la realidad más objetiva, apasionantemente precisa y para siempre alejada de lo irracional y misterioso.
En esta nueva ciencia biomédica, la dotación genética individual y la historia que personalmente recorremos se entrelazan de una forma que hoy comenzamos a explicarnos. El resultado de esta interrelación es un fenómeno biológico individual e irrepetible que utiliza un alfabeto nuevo de un idioma reescrito desde la biología molecular. De esta forma, determinismo genético e historia personal conviven y siguen siendo los componentes fundamentales de nuestra trayectoria vital como seres humanos. Lo que ha cambiado con los nuevos conocimientos moleculares ha sido nuestra capacidad para dar respuesta desde la ciencia a propuestas que ya no pertenecen al territorio de lo inexplicable o lo filosófico.
Cierto es que, de momento, no tenemos respuestas a todas las preguntas, pero no lo es menos que la medicina de hoy ha iniciado un camino imparable hacia la interpretación de nuestra identidad biológica desde la objetividad científica.
En la actualidad, la investigación biomédica ha dejado de ser patrimonio exclusivo de los médicos, pues esta nueva ciencia, la biomedicina, además de añadir áreas de conocimientos y formas de actuación de ciencias afines como la genética, la bioquímica o la biofísica, ha incorporado otros profesionales y sus formas de trabajo. El resultado de estos cambios es una ciencia médica más potente, amplia y coherente, cuya finalidad última sigue siendo la curación o prevención de la enfermedad desde una interpretación molecular. No es gratuita, pues, la denominación de ciencias de la vida con la que referimos el compendio de áreas científicas que forman el sustrato de la medicina actual.
Los conocimientos médicos progresan de forma tan espectacular que, en la actualidad, «estar al día» es algo técnicamente imposible incluso para aquellos que trabajan en un área altamente especializada. Resulta evidente, desde el punto de vista del profesional, que no todos los progresos se traducen siempre en actuaciones o detalles fundamentales para el diagnóstico o el tratamiento de los pacientes, pero las aplicaciones prácticas de la ciencia tienen como soporte el previo conocimiento de sus bases científicas. De esta forma, investigación básica y práctica clínica se constituyen en facetas de un mismo prisma.
El espectacular incremento de nuevos conocimientos ha determinado, además de una nueva línea de pensamiento, una interpretación de la práctica clínica y unos hiatos en el conocimiento de difícil solución y cobertura. El reto ha obligado a los profesionales a la ampliación o adquisición de nuevas competencias de forma rápida, en ocasiones sin los medios docentes adecuados. Esta reflexión general es especialmente válida en el caso de la medicina molecular que en pocas décadas ha trastocado muchos de los dogmas en los que se basaba la interpretación de la biología y patología humanas.
La medicina molecular aporta, además de volumen de conocimientos, su novedad y multidisciplinariedad. Así, no es de extrañar que con estas premisas la escasa tradición docente y la carencia del sustrato científico en muchos profesionales constituyan un problema para su correcta interpretación. En este territorio, la realidad ha superado las expectativas más optimistas y nos ha cogido por sorpresa, con una docencia y una formación continuada que no han sabido dar respuesta a necesidades imprescindibles.
Dentro de esta reflexión general acerca del problema de la actualización de los conocimientos, hay un detalle que por obvio ha pasado desapercibido: el desconocimiento de la nueva terminología. Así, al conocimiento de una nueva disciplina se añade la imperiosa necesidad de la adquisición de un nuevo lenguaje. La terminología, como alfabeto de la ciencia, posee una importancia capital porque constituye la vía de acceso a la comprensión y la adquisición de nuevos conocimientos. Transferencia génica, canal transmembrana, receptor o anticuerpo monoclonal no sólo son términos razonablemente novedosos, sino sustratos de actuaciones diagnósticas y terapéuticas ya habituales. El problema del desconocimiento terminológico se acentúa más si cabe en el caso de la literatura médica que, por su obligada actualidad, incorpora cada día los términos más habituales de la investigación biomédica, así como los nuevos que cada día las ciencias básicas añaden a la práctica clínica.
Limitada terminológicamente tanto la comprensión del sustrato molecular de las nuevas aplicaciones como la investigación biomédica, la importancia de la limitación adquiere su adecuada dimensión e importancia.
La problemática, aunque general, posee matizaciones en función de la especialidad médica que se ejerza y, así, ámbitos como la oncología, la hematología, la genética o la inmunología son especialmente sensibles a estos progresos. No obstante, ninguna especialidad médica ha sido ajena al empuje de la medicina molecular, aunque tal vez la medicina general por su pluridisciplinariedad y extensión sea una de las más implicadas en esta problemática.
En la lógica de ofrecer un instrumento útil para afrontar esta circunstancia se inscribe el Diccionario Novartis de Genómica y Medicina Molecular. El texto, básicamente médico, ofrece en clave lexicográfica definiciones e informaciones complementarias de los términos habituales e introduce los nuevos conceptos que la medicina molecular aporta. La necesaria limitación de contenidos que impone la publicación de toda obra escrita mantienen un razonable equilibrio con el volumen de conocimientos expuestos, que va mucho más allá de los imprescindibles. Un diccionario que pretendiera cubrir la interpretación molecular de forma exhaustiva excedería cualquier formato impreso, de ahí la voluntad de los autores y editores en ofrecer una edición digital. Las facilidades que ofrece el soporte electrónico e internet como vehículo no hacen de este proyecto una utopía, sino la respuesta adecuada a un problema real, con una estructura flexible que va a permitir su continua ampliación y revisión.
La pretensión del Diccionario, primer eslabón de en un gran proyecto que tiene como lema «de la medicina molecular a la práctica clínica», es proporcionar una ayuda a los médicos clínicos y sensibilizarlos acerca de la importancia de la medicina molecular como clave de progreso. Es una imperiosa necesidad que los médicos sean parte activa en las áreas de conocimiento que están definiendo la práctica y el progreso de su profesión. Perder este tren significaría, además de una renuncia poco inteligente, comprometer su futuro.
El médico del siglo XXI, sin renunciar a la condición de humanista, debe ser básicamente un científico en su formación y en sus formas de actuación. A la relación entre médico y enfermo –en la que la confianza, la ética y el respeto son elementos fundamentales– debe asociarse la mejor oferta científica que pueda ofrecérsele con el fin de solventar, limitar o paliar sus males. Sin esta doble vertiente, la medicina corre el peligro de convertir al paciente en un despersonalizado algoritmo de conducta, científicamente correcto, o en un personalizado individuo al que no se proporcionan todos los recursos que la ciencia pone hoy a disposición de su médico.
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